Entrevista:O Estado inteligente

domingo, setembro 23, 2007

Mariano Grondona

Bajo el imperio del electoralismo

Por Mariano Grondona

Domingo 23 de setiembre de 2007

En su libro El nuevo príncipe, Dick Morris distingue entre tres clases de políticos: los idealistas fallidos, que tienen una visión del futuro pero no consiguen comunicarla; los demagogos, que, no teniendo una visión del futuro, se contentan con halagar a su audiencia, y los idealistas astutos ( smart idealists ), que, teniendo una visión del futuro consiguen, además, comunicarla. La clasificación de Morris encierra una jerarquía de valores. El "idealista fallido" es un ser moral, fiel a sus convicciones, que está dispuesto a esperar lo que sea necesario en el desierto de la indiferencia colectiva hasta el día en que sus conciudadanos terminen por comprenderlo. El "idealista astuto" también alberga convicciones pero las mezcla con el pragmatismo para hacerlas prevalecer. En cuanto al "demagogo", es un ser moralmente despreciable cuyo verdadero fin no es persuadir en dirección de la verdad, sino manipular en dirección del poder.

El verbo adular se aplica, según La política, de Aristóteles, a todos los regímenes "impuros" o corruptos. En las monarquías, por ejemplo, los cortesanos adulan al rey hasta degradarlo eventualmente en tirano. En las democracias, los políticos adulan a la mayoría del pueblo para corromperla en la demagogia. El Diccionario de la lengua española define la demagogia, por su parte, como "una práctica política consistente en ganarse con halagos el fervor popular", pero no para beneficiar al pueblo sino para corromperlo. Por eso la palabra adular queda etimológicamente cerca de adulterar: es alterar, falsificar la voluntad del soberano, sea éste el rey o el pueblo.

La noción de Aristóteles y del propio Morris supone, en tal sentido, que en el alma humana coexisten dos impulsos contradictorios. En el nivel superior, anidan las motivaciones más nobles. En el nivel inferior, predominan los bajos instintos. El estadista, que es un educador, estimula la zona elevada del alma. El cortesano y el demagogo, que son corruptores, estimulan sus zonas bajas. Según imperen el estadista y el educador o el cortesano y el demagogo, así resultará la pureza o la impureza del régimen político que los acoge.

Ejemplos recientes

Lo primero que hay que preguntarse para clasificar a un político es si tiene una visión del futuro y del país. De Gaulle solía decir, por ejemplo, que tenía "cierta idea de Francia". Esto lo ubicaba entre los idealistas. Desde 1945, cuando abandonó el gobierno francés de posguerra, hasta 1958, cuando regresó acompañado por su pueblo, resultó un idealista "fallido". Había esperado 13 años hasta que el pueblo lo comprendió para convertirlo a partir de ahí en un idealista "astuto".

Entre nosotros, Frondizi pareció un "idealista astuto" en 1958, cuando llevó consigo a la presidencia el ideal del desarrollo económico, pero cuatro años después caía estrepitosamente para quedar, junto con su generación, como un "idealista fallido" en pos de "cierta idea" de la Argentina como esa nación desarrollada que todavía no somos.

En 1912, Roque Sáenz Peña concibió cierta idea de la Argentina cuando la invitó a pasar a una democracia "pura" a través del sufragio universal. Pareció, por un tiempo, el idealista astuto que lo había logrado. La sucesión de los golpes militares que se inició en 1930 y sólo terminaría en 1983, sin embargo, pareció convertirlo retrospectivamente en un "idealista fallido", a menos que esperemos, como esperamos, que la trabajosa marcha hacia la democracia pura se haya reiniciado hace 24 años, detrás de ese otro idealista "astuto" que fue el Alfonsín que recitaba por entonces, con cada acto público, el Preámbulo de la Constitución.

La lista de nuestros idealistas astutos o fallidos podría alargarse. Digamos, para citar un solo caso más, que en 1955, cuando arreciaba el odio entre los peronistas y los antiperonistas, brilló apenas por dos meses el idealismo de un general Lonardi que proclamaba, como lo había hecho Urquiza cien años antes, "ni vencedores ni vencidos", un ideal que pareció triunfar 17 años más tarde con el histórico abrazo de Perón y Balbín para eclipsarse inmediatamente después, cuando el odio entre los terroristas subversivos y los terroristas de Estado bloqueó hasta nuestros días la reconciliación de los argentinos.

Esta breve enumeración basta para recordar que, fallidos o astutos, a nuestra patria no le ha faltado nunca el brillo de sus idealistas, ya se llamaran Juan Bautista Alberdi, Leandro Alem, Alfredo Palacios o Lisandro de la Torre, en medio de la espesa niebla, también recurrente, de los demagogos.

En campaña

Podría trazarse por lo visto una historia de esta Argentina que se cree pragmática y que alberga, sin embargo, una vasta reserva de ideales logrados y fallidos.

En medio de esta disputada campaña electoral, ¿no es posible vislumbrar todavía, detrás de la potente retórica de la candidata Carrió, a una idealista fallida o astuta, que aspira a seguir el camino de Alem y de Lisandro de la Torre? Y aun detrás de candidatos al parecer más pragmáticos como Lavagna, Macri, Binner, Sobisch, Scioli, López Murphy o Narváez, ¿no se percibe ese ideal de una administración pública eficiente y honesta que tanto nos hace falta? Más allá de la campaña imaginativa de Alberto Rodríguez Saá, ¿no asoma acaso el empeño de renovar al peronismo? ¿No será que en muchos argentinos, candidatos y votantes por igual, aún alumbra la brasa del idealismo?

Falta clasificar, dentro o fuera de esta lista, al kirchnerismo. ¿Habrá un ideal escondido muy abajo, en el seno de su hegemónico pragmatismo? Para franquearle el paso a esta pregunta, habría que recordar el orden de valores que preside a la democracia. Para comenzar, no es malo ambicionar el poder si a éste se lo percibe como un medio para el bien común. Sólo una visión del país en el largo plazo, sólo "cierta idea" de la Argentina, justificarían la ambición de poder.

Porque, sean sus portadores eficaces o no en su lucha por el poder, lo que finalmente cuenta es el fin que se han propuesto. Sólo detrás de una visión de la Argentina se justifica la ambición del poder. El poder sólo se logra en democracia, por otra parte, a través de los votos. Ganar las elecciones sólo es entonces un objetivo legítimo en función del sueño que lo impulsa. Lo demás ya no es el poder electoral de un partido o de una persona, sino, simplemente, electoralismo, esto es, la búsqueda del triunfo electoral por el triunfo mismo.

Resulta inquietante en tal sentido que el nombre que se ha dado a sí mismo el kirchnerismo sea "Frente para la Victoria". A menos que se la aclare, esta consigna sólo remite a la idea de que el único objetivo del Frente para la Victoria es precisamente la victoria, en este caso, electoral. Afirmarlo sin más, sin aclararlo, equivaldría a decir que, en el Frente para la Victoria, el medio se ha rebelado contra el fin.

Quizás el binomio que nos gobierna tenga intenciones más altas. Quizá tenga cierta idea no sólo de sus ambiciones sino también de la Argentina. Pero esta idea, si existe, está guardada bajo siete llaves, en el seno de una hermética relación matrimonial. Para que podamos creer lo contrario, faltan sólo treinta y cinco días, en cuyo transcurso los Kirchner debieran confesarnos en qué piensan cuando piensan, más allá de sí mismos, en la Argentina.

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